CAPITULO I 25 mos fondo б la vela en la algosa arena de la mejor ense¬ nada que tiene el Paranб. Al amanecer del siguiente dнa, y mientras se preparaba la lancha, me despedн de los oficia¬ les y equipaje con alegre pena y en particular del salado contramaestre, б quien llamй aparte y preguntй confidencial¬ mente y bajo de palabra de honor, me diese su dictamen sobre la vagante isla de Samborombyn. Se ratificy en lo que me dijo, cuando nos calmy el viento entre las islas de Tene¬ rife, Gomera, Palma y Fierro:
esto es, que en ningъn tiempo se veнa la isla en cuestiyn, sino en el de vendimia, aunque subiesen sus paisanos sobre el pico de Tenerife; le volvн б suplicar me dijese lo que sabнa sobre el asunto de llamar б aquella fantбstica isla de Samborombyn, y me respondiy con prontitud que no habнa visto el nombre de tal santo en el calendario espacol, ni conocнa isleco alguno con tal nom¬ bre, ni tampoco б ninguno de los extranjeros con quienes ha¬ bнa navegado, y que, desde luego, se persuadнa que aquel nombre era una borondanga, у morondanga, como la que dijo Dimas б Gestas.
Le abracй segunda vez, y haciendo otra reverencia б los oficiales, me afiancй de los guardaman- cebos para bajar б la lancha, porque en estos pequecos bajeles es ociosa la escala real. Empezaron б remar los ma¬ rineros б la flor del agua y palanquearon hasta poner la proa poco mбs de una vara de la dura arena, б donde se desciende por una corta planchada. Desde la playa б la po¬ blaciyn hay una corta distancia, que se sube sin fatiga, y en su planicie estб fundada la novнsima ciudad con el tнtulo de voz bбrbara, у б lo menos viciada у corrompida del cas¬ tellano, Monteveo, у portuguйs Monteveio, у de latнn Mon- temvideo. En atenciyn б su hermosa ensenada y otros Montevideo